VOLVIENDO A CASA

Una fina llovizna me mojaba la cara y se confundía con mis lágrimas. En ese momento, era un barco a la deriva. De pronto vi. una plaza y fui a sentarme, estaba exhausta. Cerca había una pérgola, adornada por una enredadera de jazmín del país; sus pequeñas flores blancas impregnaban el aire y respiré profundo llenando mis pulmones con su aroma. Por un instante me alegraron la mirada y casi desapareció la opresión que sentía en el pecho. Realmente creí que iba a morir.
Esa noche, volvía de la casa de una miga, a mi casa; cuando, al doblar una esquina, vi dos personas que parecían apoyarse en la pared de una casa, cruzando la calle. Al principio no me llamó la atención, creí que era una pareja besándose; pero al escuchar el grito de la chica y ver que forcejeaban, supe que algo no andaba bien. Quería irme y no podía; mis piernas, estaqueadas al suelo, no me dejaban mover. Lo que vino después no parecía real. Vi como el hombre levantaba un cuchillo y lo descargaba sobre la chica una y otra vez, ella le pedía a gritos por su vida; después solo se oía, el gorgoteo de la sangre en su boca.
Silencié un grito en mi garganta pero los sollozos me delataron. El soltó a la chica, y se dio vuelta y me vió; parecía asombrado, caminó hacia la luz y se detuvo. Entonces pude ver que era alto y corpulento; y de solo mirar su cara picada de viruela y el cuchillo ensangrentado, se me erizó la piel y pude reaccionar. Salí corriendo sin saber hacia donde, no quería volver a mi casa por temor que nos matara a todos; pensé en la comisaría pero estaba tan lejos que, seguramente antes de llegar, me iba a alcanzar. Apuré mi carrera y lo escuché tras de mí, insultándome con su vozarrón, esto me hizo tiritar.
Entonces, en una calle, encontré una obra en construcción y me escondí al fondo, entre unos tachos grandes. Desde allí lo oía gritarme:” ¡Te voy a encontrar, maldita; y te voy a cortar lentamente, tanto, que me vas a pedir por favor que te mate! ” Yo me acurruqué en mi escondite y rogaba para que no me encontrara. Nos separaban tres metros y aunque no podía verme, sabía que iba a buscarme hasta el último rincón. Intentaba no llorar, ni moverme y me tapaba la boca para no hacer ruido. ¡Estaba aterrada! Después de un largo rato, que parecieron horas, ya no lo oía. Igualmente esperé mucho hasta darme el coraje de salir. Todavía temblando caminé hacia la vereda; en ese instante sentí su mano apretándome un hombro y la ronca voz diciéndome:-” ¡Te tengo! ¡Ahora vas a ver lo que le pasa a las mironas!“-. Caímos y forcejeando perdió el cuchillo. Yo gritaba pidiendo auxilio, el intentaba taparme la boca y con su cuerpo me tenía atrapada; pateando, trataba de sacármelo de encima pero era muy pesado. En un momento, sus manos rodearon mi cuello y empezó a apretarlo, me miró a los ojos y en la penumbra pude ver los suyos, en ellos vi reflejada mi muerte. Me estaba sofocando y con mis últimas fuerzas, solté una mano y al tantear con ella toqué algo duro, lo tomé y lo golpeé en la cabeza; aflojó sus manos y rodó por el suelo gruñiendo. Me levanté y acerqué temblando, aún sostenía el ladrillo que tomé con ambas manos y volví a golpearlo repetidamente con una fuerza que salía de mi temor y repugnancia; el se movía atajándose los golpes y tirando patadas, mientras repetía: “¡Te voy a matar¡”, “¡Te voy a matar¡” Yo seguí goleándolo mas y mas hasta que dejó de hablar y se quedó quieto, entonces me detuve. Tenía las manos sucias y rojas, tiré el ladrillo y miré al cielo, la llovizna era más copiosa y me lavó la cara llena de tierra y sangre. Me aparté lentamente y lo miré, ya no se veía tan temible. Estaba tan mareada que casi me caigo, y vi en el pasto brillando, como una luz mala, el cuchillo enrojecido. No se si fue por la oscuridad pero no pude ver su cara, sino una masa sanguinolenta- Pensé en la pobre chica que había matado ese monstruo y no tuve ni un poquito de remordimientos. Solo le devolví su propio veneno. Y me alejé llorando.

Texto de Lisa Lei

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